El pasado 14 de marzo de 2020 se decretó el estado de alarma en España. Comenzó así una cuarentena que se ha producido también con ritmos desiguales en gran parte del mundo para defendernos de la pandemia de coronavirus. Durante los primeros meses, muchas de nuestras reflexiones estuvieron guiadas por dos imágenes persistentes. La primera era el exterior que se había vaciado ahí fuera de nuestros espacios privados. La segunda, la calle que, en un futuro probablemente marcado por el control de los protocolos anticovid, costaría volver a llenar cuando resultara necesario exigir justicia redistributiva frente a otro previsible colapso económico. Ambas imágenes evocaban la representación del espacio público como una especie de hoja en blanco en la que se nos hacía trabajoso imaginar cómo volver a dibujar la movilización social.


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