A finales del franquismo, alumno de sociología en Toulouse-Le Mirail, pedí una beca que me denegaron. El jefe del negociado, de apellido Borbón precisamente, se excusó con un “como España no está en el Mercado Común…”. Pocos meses después Franco entró en coma, con el afortunado desenlace que, como se sabe, nos permitió aspirar, ya sí, a ser europeos del todo. O eso creímos entonces.
Ser admitidos en Europa era un objetivo, como lo era acabar con aquel régimen criminal. Formaba parte del mismo paquete. Democracia, igual a Europa.
Como sólo nos habían contado la parte buena, o así lo quisimos escuchar, desoyendo a los que gritaban no sé qué de la Europa de los mercaderes, nos dimos de bruces con una negociación que trajo mucha sangre, mucho sudor y un mar de lágrimas, provocadas, entre otros, por los gases y los porrazos que las fuerzas y cuerpos dispensaron a tutiplén en El Ferrol, todavía del Caudillo, Baracaldo, Cádiz….La reconversión industrial, la naval, la agrícola, la ganadera. Quien diga que no ha echado en falta con la crisis todo lo que se desmanteló, arrancó, sacrificó o malvendió y que no le ha mentado la madre a más de uno de aquellos negociadores españoles, miente como un bellaco, vive en Babia o sacó lo suyo.
Sí, claro, luego vinieron las mieles y rosas, los chorretones de dinero para llenar España de autovías, autopistas, aves, expos, unas cuantas escuelas, no las suficientes, muchas universidades, demasiadas y bastante malas y caras…y buenos pelotazos.
Javier Sáenz Munilla. Periodista. Miembro de Europa en Suma.Opinión
Un 12 de junio hace ahora 25 años, España firmaba el Tratado de Adhesión a las Comunidades Europeas. Aquel documento llevaba la rúbrica de cuatro personas: Felipe González, por entonces Presidente del Gobierno; Fernando Morán, Ministro de Asuntos Exteriores; Manuel Marín, Secretario de Estado para las Relaciones con la Comunidad Europea y Gabriel Ferrán, embajador de España ante la CEE y negociador con las instituciones europeas desde principios de los años 70. Informe semanal repasa lo que supuso para España la entrada en el club europeo y hace balance con los protagonistas de ese día. (12/06/2010)
Hay muchos puntos donde situar el foco para iluminar treinta años de pertenencia –mejor decir incorporación- de España a Europa. De entre todos ellos, inevitablemente, hay uno que parte de la experiencia personal, que es único, y que en mi caso empieza veinte años antes de la firma de adhesión.
Son los años 60 del siglo pasado, cientos de miles de españoles dejan su país para trabajar en Alemania, Francia, Bélgica y Suiza, principalmente. Mis tres hermanos mayores -por aquello de la agrupación familiar, debió de ser- eligieron Nuremberg, Alemania. Fábrica por la mañana y sobresueldo mediante pluriempleo por la tarde en algún supermercado. Me enteraba de la llegada de los giros mensuales a la oficina de correos de Ávila por comentarios de mi madre; el más repetido: “ha subido el marco”, que yo no entendía; ella sí, por la conversión a pesetas; era la marca de los tiempos.
Una década después, en los 70, España emprende su futuro europeo con la aspiración de formar parte de la Comunidad Económica Europea, pero para ello había que tener un país democrático. Nos pusimos a ello; los estudiantes, en lo que nos correspondía, aportamos un grano de arena, y se consiguió, aunque visto desde aquél tiempo nos incomodara la contrapartida de ingresar en la OTAN.
Muchos años después, en 2002, Radio Nacional decide enviarme como corresponsal a Bruselas para informar de la Unión Europea y, de paso, de la OTAN. A los pocos meses de llegar a Bruselas, después de aprobar en Copenhage las condiciones de la ampliación a los países del Este, la guerra de Iraq divide a los socios de ambas alianzas. Se habla de vieja y nueva Europa, pero la quiebra no es óbice para que los fondos estructurales y de cohesión sigan llegando a España, alimentando nuestro PIB, primero en marcos y luego en euros. Obviamente no se me escapan los esfuerzos, los demantelamientos industriales, las cuotas lecheras, las ayudas a la hectárea y no a la producción, o la proliferación del cultivo del lino, que de todo hubo. Claro, ¡nadie es perfecto!
¡No nos dejan entrar en el Mercado Común! Las informaciones de los medios oficiales y los comentarios de los políticos del franquismo expresaban en tonos teatrales su indignación ante tanta ingratitud procedente de Europa.
Allá por el invierno de 1962, en plena dictadura, el gobierno de Franco había solicitado formalmente la apertura de conversaciones con vistas al ingreso de España en las Comunidades Europeas. La respuesta fue clara y rotunda, como no podía ser de otro modo: ningún país que no fuera un Estado de Derecho, con libertades políticas e instituciones democráticas, podía aspirar a integrarse en lo que entonces se llamaba genéricamente el Mercado Común. Era una de las claves esenciales del proyecto europeo, que por entonces contaba con los seis miembros originales, es decir, Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo.
La creación de la Comunidad Económica Europea por el tratado de Roma, en 1957, había dado pie al nacimiento, efectivamente, de lo que estaba destinado a ser un mercado interno, con aranceles comunes para productos del exterior y libre circulación de mercancías, servicios, capitales…y personas, naturalmente. Y todo ello, contando con una política agrícola, también común, que, impulsada por Sicco Mansholt, un agricultor ilustrado y un político visionario, había de convertir a la Europa comunitaria en una potencia autosuficiente en materia alimentaria, gracias a un impulso modernizador que cambiaría los estándares de vida en el mundo rural y haría olvidar las imágenes terribles de las hambrunas de la posguerra.
El 12 de junio de 1985 España firmaba su adhesión a la Comunidad Económica Europea. Era el final de una larga travesía de nuestro pueblo y de los europeístas españoles. Un sueño, por fin hecho realidad. Un sueño que los europeístas habían mantenido vivo desde el mismo momento de la declaración Schuman en 1950. Un sueño cuyas coordenadas marcó el llamado Contubernio de Munich (1962), dónde la oposición interior y exterior al franquismo, y algunas de las fuerzas que apoyaron al dictador en un primer momento y que luego comenzaron a marcar distancias, aunaron criterios y compartieron objetivos.
En Munich se dijo que España no debería entrar en las Comunidades Europeas en tanto no recuperara las libertades y tuviera un sistema democrático perfectamente homologable con nuestros vecinos europeos. Unas líneas rojas que disgustaron especialmente al dictador en momentos en que la política exterior española tenía como objetivo prioritario la salida del aislamiento.
A pesar de todo, Franco consiguió firmar con la CEE un tratado preferencial, pero no fue hasta 1977, celebradas las primeras elecciones democráticas, cuando el primer ministro de Exteriores de la recién recuperada democracia, Marcelino Oreja, viajó a Estrasburgo a solicitar la incorporación de España en el Consejo de Europa, puerta previa a la apertura de negociaciones con las Comunidades Europeas.
Treinta años después, es una buena ocasión para hacer balance de lo que hemos conseguido juntos. Y sería de ingenuos describir un camino de rosas y una llegada al paraíso. Nada es fácil, pero no creo que nadie en España pueda poner en cuestión que fue Europa la que volvió a colocar en el mapa a nuestro país y que haya sido su solidaridad la que ha posibilitado que saliéramos del ostracismo.
Pero en toda historia hay siempre claroscuros. Basta hurgar en la memoria para recordar durísimas reconversiones en los sectores de la minería y de la industria, el desconcierto de los agricultores en una transformación que les llevó a mirar más al formulario de la subvención que al cielo para ver la probabilidad de lluvia. Y la pesca, la reducción de caladeros y licencias… Y los ganaderos que ahora tendrían que acostumbrarse a una palabra extraña, excedente, que les cambiaba su escala de valores: más litros de leche no eran indicativos de más ganancias. Un mundo que se nos venía encima entre la incertidumbre y la esperanza.
Pero aprendimos a compartir, a dialogar, a negociar… Y acabamos acostumbrándonos a ver esa bandera azul con 12 estrellas en ese puente que tantos necesitábamos, y en la biblioteca, y en el instituto, y en esa carretera cuyos baches habías maldecido cientos de veces, y en esa línea de ferrocarril que ahora sí nos permitía llegar a tiempo al trabajo…
Queremos analizar estos treinta años, pero queremos poner en valor esos enormes cambios que la ayuda europea posibilitó para que las nuevas generaciones –a las que tal vez les haya tocado vivir los momentos más duros de la crisis- puedan reconciliarse con Europa, si es que han perdido su sintonía.
Juan Cuesta. Team Europe/Presidente de Europa en sumaOpinión
"La diferencia entre Julio César y yo es que él se cubrió con la toga cuando lo atacaron, yo saco la espada y mato a Bruto". Así se expresaba Jean Marie Le Pen, líder y fundador del partido de extrema derecha francés Frente Nacional (FN), en 1998, cuando su lugarteniente y entonces sucesor, Bruno Mégret, encabezó una reforma programática fallida que terminó en una escisión con connotaciones de crisis familiar, ya que la hija mayor de Le Pen y su marido la secundaron.
Ahora, el enfrentamiento es con su hija menor, Marine. La tensión venía fraguándose desde hace unos años, cuando ella le sucedió al frente del FN en 2011 y emprendió una vía de modernización y moderación del partido. Pero las continuas salidas de tono de su padre con mensajes muy políticamente incorrectos, de carácter antisemita o islamófobo, generaban intensas polémicas que se convertían en continuos contratiempos para sus objetivos.
La gota que colmó el vaso de la crisis padre-hija fueron unas recientes declaraciones de aquel a la publicación de extrema derecha Rivarol en las que de nuevo mencionaba -lo que ya le costó antaño algún disgusto con la Justicia- que las cámaras de gas de los nazis fueron "un detalle de la historia", además de mostrar sus simpatías por el mariscal Pétain que rigió los destinos de la Francia ocupada por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. De nuevo la polémica estaba servida, lo que podía mermar la exitosa carrera política de Marine que, desde que sucedió a Jean Marie, moderando el tono del mensaje político, aumentó su techo electoral en las elecciones de 2012 al lograr el 17,9 por ciento de los votos y consiguió que fuera el partido más votado en las elecciones europeas de 2014; sin contar que los sondeos le siguen augurando buenos resultados para las próximas elecciones departamentales y las presidenciales de 2017. Marine no podía mirar para otro lado ante las declaraciones de su padre, se juega mucho en los próximos comicios, por lo que empezó por obligarle a retirar su candidatura a uno de los departamentos del sudeste francés para terminar destituyéndole como presidente honorífico y suspendiéndole temporalmente de militancia.
Tsipras sigue tensando la cuerda con sus acreedores de la UE y el FMI, a quienes exige que no escojan "el chantaje financiero"
Hasta Obama ha pedido al Gobierno de Atenas que adopte las "medidas duras" que se imponen para mantener a Grecia dentro del euro
En el orden social, un 40% de los griegos vive ya en la pobreza con un aumento del 37% en la tasa de suicidios
A Atenas le faltan 7.500 millones de euros para completar el segundo rescate, último tramo no abonado al interrumpirse el cumplimiento de las condiciones exigidas por los socios y acreedores de la Unión Europea (UE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Se celebraron elecciones generales, ganadas de manera arrolladora por la extrema izquierda encarnada por Syriza, cuyos dirigentes siguen sin llegar a un acuerdo con la antigua Troika, tanto para el abono de ese último fleco como para respaldar una nueva línea de crédito.
Casi coinciden esta semana en el tiempo el primer trimestre del nuevo gobierno heleno y los cinco años transcurridos desde que el 23 de abril de 2010 el entonces primer ministro, Yorgos Papandreu, destapara las mentiras de las cifras de déficit comunicadas a Bruselas y solicitara el primer rescate, poniendo consiguientemente al país bajo la lupa y tutela de los denominados hombres de negro.
INCREIBLE. El Movimiento Europeo (CFEME, según las siglas de su rama española) me había pedido un artículo “sobre la libertad de expresión como valor europeo en relación con los atentados de Charlie Hebdo y tras la unión que se vio al respecto entre los dirigentes de los 28 estados miembros”.
Basándome en esas dos ideas, envié el texto el 26 de marzo, fecha límite que me habían marcado. El 17 de abril recibo una llamada telefónica del Secretario General del CFEME, donde me comunica que el contenido de mi artículo no es aceptable para su newsletter (quizá deberían decir “boletín” en español). Hizo una vaga referencia a “los partidos políticos” presentes en el CFEME, como origen del ¿rechazo? ¿censura? ¿Lo podemos llamar censura?
El Movimiento Europeo dice defender “una Europa democrática, garante de los derechos humanos y de las libertades”. La llamada que recibí el 17 de abril es una prueba- de que no siempre es así. Al menos una. La hipocresía de muchos, que mencionaba desde el título, queda probada.
La libertad de expresión es un derecho asumido en la Unión Europea. Pero esa asunción es apenas una idea anclada en nuestra rutina mental. Apenas consideramos las dificultades con las que tropieza su práctica efectiva. En el primer trimestre de 2015, por ejemplo, más de un tercio de los periodistas asesinados en el mundo lo han sido en dos países europeos (Francia y Ucrania).
De modo que las reacciones, en su mayoría muy emocionales, que vivió Europa tras los asesinatos de Charlie Hebdo fueron un revulsivo, sí, pero dieron lugar a situaciones equívocas; sobre todo por la presencia de jefes de Estado o de Gobierno en la multitudinaria manifestación de París.
Al ver a Angela Merkel -ejemplo menor- alguien recordó que Alemania conserva la blasfemia como delito, lo mismo que Dinamarca, España, Holanda, Polonia y Grecia. Todos esos países europeos se defienden diciendo que no aplican sus legislaciones contra los “blasfemos”. No parece buen argumento para oponerse al bloque (Arabia Saudí, Irán, varios países asiáticos) que desde hace años intenta –peligrosamente- convertir la blasfemia en delito universal reconocido por la ONU. En Irlanda, cuya primera ministra, Enda Kenny, estuvo también París, no sólo se mantiene una mención constitucional específica, sino que en 2010 entró en vigor una nueva ley contra la blasfemia.
Reflexiones sobre el suicidio de un piloto (alemán).
Conducía yo en Berlín desde mi casa hasta la oficina, por una zona industrial junto al río Spree, con poco tráfico, de calles anchas de tres carriles. Llevaba viviendo varios años en la ciudad, todavía no capital de la Alemania reunificada, disfrutando del amable carácter alemán.
Paro en un semáforo y, de pronto, escucho una voz llegada desde los cielos, algo parecido a lo que debió experimentar Moisés cuando Yahvé le iba a entregar las Tablas de la Ley. Miro a la derecha y veo a tres metros de altura al conductor de un camión parado a mi lado, gesticulando. Abro la ventanilla y le pregunto: “¿Qué pasa?” “¡Lleva el intermitente puesto!”, me grita. ¡Oh, Señor!, he cometido un gran error en el país dónde todo es perfecto, dónde todo deber ser perfecto. ¡Me he olvidado de quitar el intermitente!
Se abre el semáforo y sigo conduciendo, apesadumbrado por la gravísima falta cometida.
En el siguiente semáforo volvemos a parar en paralelo el camionero y yo. Abro la ventanilla derecha, le miro y le pregunto: “¿Es usted perfecto?” El conductor se quedó boquiabierto, sin respuesta. Seguramente siguió su camino meditando sobre su vida, haciendo un repaso a los errores que podría haber cometido, sometido a un profundo análisis psicopatológico de la escuela argentina.