Caminas por la orilla del gran río de Europa, que la cruza de oeste a este. Hace frío. El invernal viento centroeuropeo corta las mejillas. Estás en Budapest, la perla del Danubio como la llama Claudio Magris, cerca del Parlamento, ese horrible edificio que parece una gran tarta de boda para parejas con pretensiones. Buscas un café. Hay uno con el río a la derecha y el Parlamento enfrente. El camarero, muy amable, te trae un café. Pero en el platillo viene acompañado por flores de violetas.
¿En qué lugar del mundo puedes encontrar algo así, tan refinado, que da ánimo y luz en los crudos días de invierno? Sí, en una cafetería de Budapest. Los turcos dejaron el grano tras el cerco de Viena y la ocupación de Buda, la otra parte de la ciudad. Los locales inventaron el café, la cafetería.


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Donald JohnTrump se queda mudo después de que los gremlins de Twitter le salpiquen la lengua con sus espumarajos. La Casa Blanca se convierte en un pub abierto día y noche. El jefe de la CIA pasa a ser un camarero con horario preferentemente diurno.
«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo». (Comienzo de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, en su versión castellana en prosa)
“Fue la mayor mina de oro de Europa, no queda sino una gigantesca contaminación”. Así empieza la información publicada por el diario Le Monde (
La expectación era enorme. Se trataba de elegir al o la dirigente de la democracia cristiana alemana, al futuro o futura canciller, es decir, a la figura más poderosa de Europa.
Patriotismo constitucional
Desde que el ex Rasputín del presidente Trump, Steve Bannon, anunció su intención de aunar a las fuerzas ultranacionalistas de la vieja Europa, parece haberse agudizado la batalla política por el control del Parlamento de Estrasburgo.
Acostumbrados al diario bombardeo informativo sobre los escándalos y corrupciones que afectan a altos cargos de la política y de los partidos, llama poderosamente la atención que una gran parte de nuestros conciudadanos europeos no perciban a España como un país especialmente corrupto. Así lo muestra el último barómetro del Real Instituto Elcano (RIE) sobre la imagen de España, y para cuya elaboración ha entrevistado a casi cuatro mil ciudadanos de Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Holanda, Polonia, Suecia, Portugal y Bélgica. En esta última ha realizado encuestas, más profundas si cabe, tanto en la región de Valonia como en la de Flandes, por ser escenario de gran parte de la actividad política de los prófugos y secesionistas catalanes.
Una reciente columna de Xavier Vidal Folch bajo el título Dicen que nos van a freír a impuestos (El País, 09/10/18) pone en evidencia –como es hábito en él- la descarada hipocresía de los detentadores de cualquier poder –en este caso, el financiero- compadeciéndose de sus clientes consumidores/ciudadanos por el mal que van a sufrir como consecuencia del traslado a ellos que el propio productor/decisor/Banca va a llevar a cabo respecto del importe –poco o mucho- de un impuesto o tasa que, según justicia fiscal, le correspondería a él pagar.
No es que se desgañitara, porque no es su estilo, pero Angela Merkel había advertido una y otra vez en la campaña electoral del Estado federado de Hesse que se trataba de elecciones regionales, no nacionales, que se trataba de Hesse, no de Berlín, y que el votante que tuviera algún problema con el gobierno podría enviarle una carta, pero que, por favor, pensara en lo regional, no en lo nacional.