Publicado originalmente en El Huffingtonpost

Leerán muchos análisis de profundidad sobre las causas y las consecuencias de la victoria de Donald Trump. El mío no pretende serlo, pero sí aspira a dejar a bote pronto y para su reflexión media docena de ideas claras:
Trump ha ganado porque le han votado libremente 57 millones de ciudadanos norteamericanos. Nadie ni nada les obligaba a hacerlo. Sabían perfectamente qué candidato y qué propuesta política estaban apoyando con su papeleta: populismo, xenofobia, racismo, machismo, capitalismo salvaje y amistades como la de Vladimir Putin estaban incluidos en la oferta con nitidez. Por tanto, 57 millones de estadounidenses han llevado a la Casa Blanca a un presidente que, probablemente, actuará en consecuencia (aunque todos esperamos que los frenos y contrapesos de la democracia estadounidense funcionen eficazmente una vez más). Que luego no digan aquello de "yo no lo sabía", porque tanto ellos como los 56 millones que han apostado por Hillary eran plenamente conscientes de lo que estaba en juego.
Esos votantes no viven en Marte, sino en los Estados Unidos de América. Algo muy grave tiene que fallar en ese país para que la mayoría de sus electores hayan elegido presidente a Trump con tan sugestivo programa. Si la voluntad individual es la que introduce la papeleta en la urna, las condiciones objetivas juegan un papel determinante en hacerlo. ¿Por qué subsisten el racismo y la xenofobia con tales niveles de intensidad en un país que terminó su Guerra Civil hace 151 años?, ¿cómo es posible que al primer presidente afroamericano le vaya a suceder su antítesis en un movimiento tan brutalmente pendular?, ¿seguirá siendo imposible que una mujer acceda a la Casa Blanca? Una cosa más: no hace mucho afirmé en un debate que la gestión de la presente crisis económica no había sido mejor en USA que en la UE y me cayeron chuzos de punta. Me temo, sin embargo, que no iba tan desencaminado a la vista de los resultados electorales.


Durante muchos años el levantamiento de Hungría contra el poder comunista y las imposiciones de Rusia apenas obtuvo reconocimiento entre las nutridas filas de la izquierda europea. La potente maquinaria propagandística soviética compró literalmente a numerosos intelectuales, que se encargaron de minimizar aquel episodio como una contrarrevolución fascista.



El partido que respalda a Vladimir Putin (RU) obtuvo en torno al 54 por ciento de las papeletas electorales de las listas partidarias, a las que habrá que sumar los que sean elegidos individualmente (sistema de voto mayoritario) en 225 distritos. Por el momento, entre los 14 partidos que compitieron electoralmente, además de RU, únicamente el Partido Liberal Democrático de Vladimir Zhrinovski (aquel ultraderechista excéntrico), el Partido Comunista de la Federación Rusa y el Partido Rusia Justa, obtuvieron porcentajes (entre el 15 y el 8%) que les permiten tener representación. Esos tres partidos responden conscientemente al concepto de “oposición leal”, en la que se mezclan los comunistas de Guennadi Ziugánov y los ultranacionalistas de Zhirinoski. Los demás, por el momento, quedan fuera de la Duma, aunque puedan obtener algún parlamentario aislado en la elección individual.
