La tertulia de Europa en suma, sobre las dificultades del Pacto de emigración y asilo, con Esther Pozo-Vera, coordinadora de países vecinos y asuntos mediterráneos en la Comisión Europea. Esta vez, como marcan los tiempos pandémicos, no hacemos la tertulia de manera presencial, sino a través de Zoom.
En primer lugar, los datos y las previsiones, con toda su crudeza: África, que tiene hoy casi 1.200 millones de habitantes, doblará su población hasta los 2.400 millones en 2.050. El 40% de su población tiene hoy menos de 15 años.
Para atender a esta explosión sin precedentes no hay o difícilmente puede haber un crecimiento económico de varios dígitos que pueda satisfacer las necesidades más elementales de la población.


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Hoy, subimos al coche, nos saluda en cualquiera de las lenguas del mundo, desde el urdu al bengalí pasando por el arameo, le damos las indicaciones por voz, nos lleva a nuestro destino y hasta nos busca aparcamiento. Crece la inteligencia artificial, nos dicen, pero retrocede en paralelo la analógica, según estudios recientes. Utilizamos las manos cada vez menos. Como el coche ya circula prácticamente de manera autónoma, tenemos más tiempo para tocarnos las narices en el semáforo. Y en la vida cotidiana. En realidad, estamos ante una sociedad que nos toca bastante las narices. Hemos pasado del estado de bienestar al de malestar. Todos son quejas.
Las imágenes de los representantes británicos abandonando sus escaños en el Parlamento Europeo el pasado 29 de enero, y diciendo adiós a su trabajo y a la presencia de su país en la cámara, fueron vistas con un inevitable sentimiento tristeza por cualquier europeísta con sensibilidad. Y eso que hacía ya meses que, pese a los deseos y las esperanzas de muchos, la marcha del Reino Unido se consideraba irrevocable: mucho antes incluso de que las elecciones casi navideñas le dieran a Boris Johnson una victoria abrumadora y previsible.
Se iban a ir pero no se iban; se van a ir pero no se sabe ni cómo ni cuándo. Los británicos hacen realidad su dicho: el continente, la Unión, está aislado por la niebla que nos meten ellos.
¿Se acuerdan de Angela Merkel? Sí, la dama de acero inoxidable alemán (la de hierro era Thatcher), la que ponía firmes a los países pobres del Sur en medio de la crisis, la que pedía austeridad y desataba odios.
Cómo convencer a los votantes de que lo que se ha conseguido en el proceso de construcción europea es mucho y muy importante y valioso (sobre todo considerando las complejidades del mundo actual y las incertidumbres de cara al futuro), y de que todo eso que tanto esfuerzo ha costado no está garantizado en absoluto, que podríamos perderlo por no valorarlo suficientemente o por un exceso de confianza, y de que es importante, por todo ello, reafirmarse en la voluntad de mantenerlo y de luchar por consolidarlo y de mejorarlo. Esa es la cuestión para los grandes partidos europeístas, los que han apoyado y desarrollado el sueño de una unión económica y política posible, de cara a las próximas elecciones al Parlamento Europeo.
