¿Cómo podemos mejorar en la era digital las normas actuales de la UE sobre la radiodifusión y los servicios de comunicación audiovisual? ¿De qué forma podemos proteger mejor a los niños y a otros usuarios, prestar nuestro apoyo a las obras de creación europeas, estimular nuestra rica diversidad cultural, promover el acceso a la información y reglamentar la publicidad en el sector audiovisual en línea? La Comisión Europea formula estas y otras preguntas en el marco de una nueva consulta pública a los usuarios y a los demás interesados (agentes del mercado, organismos públicos, organizaciones de consumidores) con el fin de proponer en 2016 una revisión de la Directiva de servicios de comunicación audiovisual.
Adoptada en 2010, la Directiva de servicios de comunicación audiovisual regula con sus disposiciones cuestiones tales como las funciones y responsabilidades de todos los agentes del mercado, la promoción de las obras europeas, la publicidad o la protección de los menores. La Comisión examinará si es preciso reformar el sistema actual. También procederá a estudiar si su ámbito de aplicación actual debe ampliarse para que se aplique a servicios y agentes nuevos que no entran en la definición de «servicios de medios de comunicación audiovisuales» dada por la Directiva.
El sector audiovisual tiene un impacto directo en los ciudadanos y en las empresas. Es el motor creativo de Europa y la base de su economía digital.
La consulta, que estará abierta hasta el próximo 30 de septiembre, forma parte de la Estrategia para el Mercado Único Digital de la Comisión, lanzada en mayo por Andrus Ansip, Vicepresidente responsable del Mercado Único Digital, y por Günther Oettinger, Comisario responsable de Economía y Sociedad Digitales. La consulta forma parte también de una evaluación del Programa de adecuación y eficacia de la reglamentación (REFIT): es un ejemplo del compromiso con el nuevo marco «Legislar mejor» que ha sido adoptado por la Comisión para elevar la calidad de nuestras normas y garantizar que sean modernas y respondan con eficacia al objetivo perseguido (para más información, Nathalie Vandystadt + 32 2 296 70 83 y Marie Frenay + 32 2 296 45 32).
Es el manifiesto por una Europa Federal fruto de las reflexiones de Altiero Spinelli, Ernesto Rossi, Eugenio Colorni y Ursula Hirschmann, escrito en 1941, durante el tiempo que estuvieron presospor su oposición al régimen fascista italiano en la isla de Ventotene, una pequeña isla próxima a la región italiana del Lazio.
Los autores
Altiero Spinelli (1907-1986), fue un escritor y político italiano, fundador en 1943 del Movimiento Federalista Europeo, después cofundador de la Unión de Federalistas Europeos, formó parte de la Comisión Europea (1970-1976) y fue elegido eurodiputado en 1979 en las primeras elecciones europeas por sufragio universal directo. En 1984promovió en el Parlamento Europeo el conocido como “Tratado Constitutivo de una Unión Europea” o Tratado Spinelli, que fue aprobado por una amplia mayoría de la eurocámara, sin embargo, aunque fue bloqueado por los Estados, ha sido de gran influencia en los pasos de la Unión Europea hacia la Unión Política.
Ernesto Rossi (1897-1967), fue un político, periodista y economista italiano. Después de la liberación de Italia fue subsecretario de Estado para la Reconstrucción y presidente de la entidad encargada de vender todo el material bélico confiscado o abandonado en Italia después de la II Guerra Mundial. Fundador del periódico “Cronache dal mondo”.
Informe sobre el yihadismo. Articulo publicado originalmente en Bahía de Itaca.
El miedo es el fundamento del terror yihadista. Y la crueldad es el arma esencial de la “guerra santa” del Daesh (Estado Islámico)
Un año después de que Abu Bark al-Baghdadi proclamara el Estado islámico (IS) en el corazón de Alepo, sus poderes se asientan sobre un territorio de 200.000 kilómetros cuadrados y sus fronteras se pierden entre Irán, Irak -están a apenas 120 kilómetros de Bagdad-, Kurdistan, Turquía, Libia y la propia Siria invadida. El califato extiende su influencia a Yemen, Nigeria, Sudán, Mauritania, Chad, amenaza a Egipto y a los gobiernos de las primaveras árabes. Objetivo; conquistar Europa y destrozar nuestro sistema de vida.
Dos millones y medio de refugiados en Turquía, otro millón en Jordania, más de seiscientos mil desplazados sin rumbo y casi medio millón de inmigrantes en Grecia, Malta, Chipre e Italia confirman que el yihadismo ha emprendido la guerra del fin del mundo. Y no está dispuesto a perderla.
Sobre yihadismo hablaron en el Parador de Toledo veinticuatro expertos durante quince horas, convocados por la Asociación de Periodistas Europeos (APE) que lideran Diego Carcedo y Miguel Ángel Aguilar, dentro del seminario internacional de Defensa y Seguridad, que clausuró el ministro Pedro Morenés. “Hay que impedir que el terrorismo nos imponga su ley”, dijo, a la vez que se mostraba preocupado por una confidencia que un colega le acababa de hacer horas antes en el Golfo Pérsico: “mientras un africano prefiera ahogarse en el Mediterráneo que vivir en África, la situación resulta perversa”.
El próximo 12 de junio se celebran 30 años de España y Portugal en la Unión Europea. Ese mismo día del año 1985 tuvo lugar la ceremonia de la firma de adhesión.
Europeos de por vida fue el expresivo titular que eligió la Revista Ahorro, editada por la Confederación Española de Cajas de Ahorros, para hablar de lo que suponía la entrada de España en la Unión Europea. Una frase rotunda que expresa lo que fue ese momento de la adhesión, y que se caracterizó por gestos de lo que muchos denominan “alta política” y que Raimundo Bassols, un perfecto funcionario, pieza clave en las negociaciones y con una visión clara sobre la necesidad de impulsar ese proceso narra muy bien.
El 12 de junio de 1985 culminó el que se conoce como proceso de adhesión más complejo y largo de toda la historia de la Unión, y que ha servido de ejemplo y guía para el resto Estados que han formado parte de las posteriores solicitudes de adhesión hasta la fecha.
Balance de la adhesión de España a las Comunidades Europeas en el trigésimo aniversario de la firma del Tratado, el 12 de junio de 1985. Un seminario de Europa en suma.
No tiene sentido que, en sus cuestionarios, el CIS pregunte si la adhesión a Europa ha sido beneficiosa para nuestro país, afirma el presidente del Movimiento Europeo en España, Eugenio Nasarre, porque la respuesta es clara: sí.
Pero somos un pueblo de emociones. Antes de la crisis, recuerda Ignacio Molina, investigador para Europa del Instituto Elcano, éramos los más “euroentusiastas”. En los últimos años, los más desesperanzados. Hoy, indica, parece que se están recuperando algo los ánimos. Los jóvenes de en torno a los 18 años son los más partidarios de la integración europea.
La adhesión fue el gran momento de autoestima colectiva en España, recordaba décadas después el negociador Manuel Marín.
Pero la adhesión no era un fin en sí mismo, sino el principio de un proceso de adaptación, subrayó en aquella época el presidente del gobierno que culminó las negociaciones, Felipe González.
En estos años hemos visto miles de carteles donde se indicaba que carreteras, centros o instalaciones habían sido financiados por la Unión. En total, en estas tres décadas, hemos recibido de Bruselas 300.000 millones de euros y, salvo por el retraso de algunas regiones, nos hemos igualado en renta con la media de la Unión y somos contribuyentes netos. Ahora, nos toca ser solidarios.
Marcelino Oreja, ministro de exteriores de la UCD, recuerda que cuando solicitó formalmente la adhesión a las Comunidades Europeas, en 1977, habia un consenso unánime de la clase política española, en plena transición. Todavía no habíamos aprobado la Constitución.
Había desconfianza en Europa sobre la democracia española que se disipó con el cambio de gobierno de 1982, la llegada al poder de los socialistas, recuerda el entonces negociador Pedro Solbes. El aspecto político de la adhesión fue fácil. La teoría era simple: había que aceptar la legislación comunitaria. Lo más difícil fueron los apartados económicos, como pesca y agricultura.
La negociación no partía de la nada, añade Solbes, veníamos del acuerdo de 1970 entre Bruselas y el régimen de Franco, que había dado ventajas al sector agrícola. Bruselas quería una rápida desprotección de la industria, que vivía en la autarquía franquista, y una larga adaptación de la agricultura. Francia pretendía proteger sus regiones meridionales de la “invasión” española.
Pero Asturias fue el paradigma de los problemas generados por la adhesión. A la región le tocó desmantelar la minería, la siderurgia o la leche. Pero, sin Europa, las cosas hubieran ido peor, asegura Vicente Álvarez Areces, presidente del Principado de 1999 a 20011. Asturias, dice, era el símbolo de la autarquía de los tiempos de Franco, algo incompatible con una economía moderna, globalizada. No había más alternativa que la modernización, como se hizo. Aunque después, subraya, la regeneración sufrió un parón con la crisis de 2008.
Las ayudas europeas han permitido equiparar los servicios al nivel de la Unión, indica María Jesús Ruiz, presidenta de la Diputación de Soria de 1994 a 2003. Pero hay una cosa clara, comenta, cuando los gobiernos tienen que aplicar medidas que no gustan a la gente dicen que la culpa es de Bruselas, que vienen impuestas por la Unión.
En la práctica, aquellos ideales europeístas están siendo objeto de involución, señala Antonio Gutierrez, secretario general de CC.OO. de 1987 a 2000. Se recorta la democracia y crece el mercado.
Iraxte García, eurodiputada del PSOE, critica la política de austeridad como única receta para los problemas generados por la crisis. Es necesario, asegura, iniciar políticas de crecimiento y no velar solo por los intereses de unos pocos.
Willy Meyer, elegido eurodiputado por Izquierda Unida el año pasado, pero que dimitió de su cargo, es más tajante. Este modelo, según el cual el Banco Central Europeo presta a los bancos a interés cero para que luego financien a los Estados, dinamita el sistema de justicia social. La economía debe ponerse al servicio de la gente, de la creación de empleo. La moneda única no permite la devaluación, solo la rebaja de los salarios.
No, responde José María Gil-Robles, presidente del Parlamento Europeo de 1997 a 1999. El artículo 3 del Tratado de la Unión dice que el modelo que tenemos es el de una economía social de mercado, el modelo que ofrece más prestaciones sociales. Hoy, añade, tendríamos que relanzar la economía sin perder lo que hemos conseguido con el saneamiento. Pero está claro que no van a volver las viejas alegrías del exceso de gasto público. El gran reto, y no he encontrado la solución tras años de estudio, reconoce, es como financiar el modelo de Estado de bienestar.
España se adhirió a un proyecto para la construcción europea y, sobre todo, para evitar las guerras en el continente como las de 1914, 1939, o de siglos anteriores. En la últimas siete décadas no ha habido conflictos entre los grandes países europeos, pero hoy la Unión es algo dinámico que suscita insatisfacciones como demostraron las últimas elecciones europeas.
El estado del europeísmo es mejorable; los problemas cotidianos hacen que el proceso de construcción europea, que está a medio camino, pase a un segundo plano, comenta el presidente del Movimiento Europeo, Eugenio Nasarre.
La gran crisis europea, en este momento, es como recuperar la solidaridad, subraya el que fuera presidente del Parlamento Europeo de 1989 a 1992, el socialista Enrique Barón. Siempre decimos, añade, que esta crisis es muy grave, pero para crisis la que tenía la Alemania derrotada en 1945 o la España en ruinas del 39; eso si eran crisis. No se puede comparar lo que sucede hoy en Europa con la situación de la posguerra.
El secretario de Estado para la Unión, Íñigo Méndez de Vigo pone fin al seminario con una reflexión: somos europeístas y los europeístas siempre estamos insatisfechos, hacemos una crítica permanente. En eso estamos.
Con uno de mis primeros sueldos después de terminar la carrera de Periodismo hice uno de esos viajes que entusiasmaban a todo joven: saqué un billete de Interraíl y me fui con una amiga a descubrir Europa. Con el pasaporte, unos cuantos monederos para las distintas divisas, un listado de albergues juveniles y una mochila, nos fuimos por el sur de Francia, norte de Italia, Austria, sur de Alemania y Suiza. Fueron dos semanas, no nos daba el dinero para más. Era 1989, no estaba en vigor el Espacio Schengen. Cada vez que cruzabas una frontera tenías que pasar dos trámites imprescindibles: enseñar el pasaporte y cambiar moneda. A veces te inspeccionaban el equipaje. A los españoles no se nos veía mucho fuera de nuestro país, y en varios de los lugares que recorrimos la imagen más extendida de nosotros era la del emigrante sin cualificación, sin cultura democrática, apenas digno de considerarse europeo. Mi amiga y yo éramos universitarias, teníamos trabajo, un buen nivel de inglés y algunas nociones de francés y alemán, podíamos pagarnos los restaurantes modestos… pero nos encontramos bastantes miradas de superioridad, incluso algunas palabras despectivas.
Años más tarde visité esos y otros países por trabajo. Salía de mi casa con lo mismo que necesito para moverme por España: mi DNI y mis billetes de euro. En los aeropuertos y las estaciones de tren pasaba sin trámites por la entrada reservada a los países Schengen. Compartí sala de prensa, hotel y mesa con periodistas de veintiocho países europeos, con quienes hablaba o chapurreaba en media docena de idiomas. Entrevisté a comisarios y eurodiputados, a científicos y empresarios, que me atendieron igual que a los colegas de otras nacionalidades. Era, simplemente, una periodista europea más.
Se cumplen ahora 30 años de la incorporación de España al entonces Mercado Común europeo, hoy Unión Europea (UE). La Constitución Española del 78, que nos dotó de instituciones democráticas, posibilitó dicha integración en el Club de la Libertad más grande del mundo. La Carta Magna y los compromisos comunitarios han transformado nuestro país hasta convertirlo en uno de las grandes naciones del siglo XXI. España es el miembro más favorecido con los fondos europeos. Y por tanto, el que mayor grado de bienestar ha alcanzado en todas direcciones.
Nos hemos habituado a "depender" tanto de Bruselas que hemos creado un "déficit de comunicación" sobre Europa. Una asignatura pendiente que hay que aprobar cuanto antes en la escuela y en la universidad.
Nuestros jóvenes tienen que conocer el valor y el privilegio de ser europeos. Y el orgullo de pertenecer a un espacio geopolítico único donde, después de 20 siglos, el diálogo ha enterrado todas las guerras y la voluntad política y la solidaridad son las armas más potentes para encarar juntos el futuro.
Espacio de paz y libertad
Los 28 países de la UE – 509 millones de personas en 4,6 millones de kilómetros cuadrados- representamos hoy una filosofía de vida que es un ejemplo para el mundo entero. Tenemos una bandera con doce estrellas amarillas, símbolo de la armonía y el equilibrio; un himno (a la alegría) compuesto por Beethoven y una moneda única, (el euro), que abre puertas y tiende puentes en todas direcciones.
El programa más conocido de la Unión Europea (UE), Erasmus (EuRopean Community Action Scheme for the Mobility of University Students), que fue impulsado por el excomisario Manuel Marín en 1987 con el apoyo de François Miterrand y Felipe González, dos años después de la entrada de España en la UE, permite que cada año cientos de miles de estudiantes puedan mejorar su formación realizando un periodo de su formación en otro país de la UE.
Un programa en el que España, según datos de la Comisión Europea, fue el principal emisor con 39.249 estudiantes que realizaron esa estancia de formación y también el principal receptor, acogiendo a 40.202 de otros Estados miembros en el periodo 2013-2014.
Cuando yo estudiaba Ciencias Políticas, en la Universidad Autónoma de Madrid, decidí solicitar para el 2007-2008 una beca Erasmus con el objetivo de hacer un año de mi carrera en la Università degli Studi di Torino (Turín, Italia), una experiencia que me permitió tener una visión distinta de mis estudios, desarrollarme personalmente, abrir más mi mente, aprender una lengua diferente y que el sentimiento europeo anidase en mi interior.
Me permitió ampliar mi visión sobre la disciplina de las Ciencias Políticas porque en la Universidad degli Studi di Torino tuve la ocasión de recibir clases de profesores como Luigi Bonanate, Egidio Dansero o Lucio Levi y de leer libros de Norberto Bobbio como “Il futuro della democrazia”.
Cuando España se adhirió al proyecto europeo, el muro seguía en Berlín. Un año después lo crucé a pie con mi hermano Antonio, que entonces vivía en “Alemania Occidental”. Era un país que tenía aún su soberanía limitada por las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial.
Entonces, atravesamos con un visado de tránsito “la Alemania del Este” en un automóvil matriculado en la RFA. Las normas no nos autorizaban a salir de la autopista, que tenía una limitación de velocidad muy firme. Si sufríamos una avería, debíamos esperar la llegada de la policía de “la Alemania Oriental” para solucionar el problema que tuviéramos. En ningún caso, con nuestro visado de tránsito, teníamos derecho a desviarnos hacia el pueblo inmediato para pedir ayuda mecánica o de ningún otro tipo.
A principios de 1989, crucé de nuevo el muro en el mismo Checkpoint Charlie. Lo hice en autobús con un grupo de turistas que –en realidad- eran soldados estadounidenses acantonados en Berlín Oeste. Iban con algunos familiares. Los VoPos (Volkpolizei) revisaban los pasaportes y visados de cada cual con gesto pétreo y los ojos fijos. Nos decían si teníamos que mover la cabeza a derecha o izquierda para comprobar que nuestro perfil individual correspondía exactamente al de nuestro documento.